Los Emprendedores También Podemos Compartir el Puchero

Pocas cosas se disfrutan tanto en el ámbito profesional como alcanzar una meta con el esfuerzo de todo un equipo. Y pocas cosas se disfrutan tanto como compartir una deliciosa comida en la que todos (aún los que menos sabemos del arte culinario…) hemos aportado lo mejor. Oscar Conti, consultor organizacional y asesor de emprendedores, nos ayuda a reflexionar sobre cómo trabajar cuando compartimos un objetivo. Con su artículo logra hacernos sentir que “juntos somos una multitud”. ¡Muchas gracias, Oscar!

Todos Aportamos Algo para el Puchero que Compartiremos

Por: Oscar Osvaldo Conti.

Los Emprendedores Podemos Compartir el Puchero.

Muchas veces conocemos hacia dónde queremos ir y hasta a dónde queremos llegar. Sin embargo nos desviamos o no logramos alcanzar aquello que perseguíamos. Nos frustramos, nos da bronca, nos quejamos y volvemos a intentar. De eso se trata, seguir intentando hasta lograr darnos cuenta cuál es el camino adecuado. Intentar más de lo mismo sabemos que no resulta, así que la cosa pasa por lo que aún desconocemos o no logramos ver.

Cuando el objetivo es compartido con otros, las miradas se suman y los aportes de ideas sobre cómo alcanzar aquello que buscamos pueden significar la diferencia entre un intento solitario y uno grupal. Para esto, tenemos que abrirnos a los otros y aceptar sus aportes. No se trata de una aceptación intelectual, esto es relativamente simple. Lo complejo es alcanzar la aceptación natural, aliviadora, como consecuencia de una apertura interna, de corazón. Esto es entregarnos a los otros, para, a su vez, aceptarlos. Aceptar a otro, requiere, ante todo, aceptarnos a nosotros mismos.

Cuando vamos listando las acciones que cada uno llevará adelante a lo largo del proceso que hemos diseñado para alcanzar nuestro objetivo común estamos reconociendo que entre todos es mucho más fácil. Sentimos que nos vamos hermanando con los otros. Aparece la confianza y la responsabilidad individual y grupal. Dejamos de ser un ejecutor de acciones porque es lo que tengo que hacer, para convertirnos en hacedores mancomunados con los demás. Sentimos que juntos somos una multitud.

Cuando sabemos donde estamos en el presente (hoy) y a donde queremos llegar (objetivo) aparece el componente estratégico, el cómo. Ese como que nos impulsa hacia el poder alcanzar lo que nos proponemos. Este es el proceso que nos debería unir a los otros, es el momento de la entrega, de la aceptación. Este momento es de acción, no de filosofía. Es relativamente simple poner palos en la rueda de una forma intelectualmente impecable.

Puede haber varias miradas y es posible que no coincidan. Uno puede sostener que para llegar al objetivo hay que hacer esto y esto otro. Confundimos la táctica (acción) con lo estratégico. Esto último nos viene dado, generalmente, por el sistema político o de conducción. Se trata de un lineamiento general en el que se establece el cómo alcanzaremos tal o cual objetivo (vender un 10% más que el ejercicio pasado a través de tal producto orientado a tal segmento). Se trata de aceptar esto y abocarnos a trabajar en el diseño de las acciones (qué) que creemos que con nuestros recursos podemos llevar adelante y resultarán las más contundentes (eficaces).

Creo que es interesante poder ver a este proceso de trabajo conjunto como el espacio en el que nos unimos todos (directivos y dirigidos) los del grupo u organización para alcanzar un objetivo común. A lo largo de ese proceso iremos, a su vez, alcanzando nuestros propios objetivos o metas, esos que sumados a los de los otros terminan dando como resultado el logro grupal o colectivo. Esto aporta sentido a lo que cada uno hace. “Con lo que hago aporto a un objetivo colectivo, el del equipo”.

Es simple describirlo y sin embargo nos cuesta mucho vivirlo. Sin darnos cuenta nos escuchamos criticando a uno y al otro. Si hubiéramos hecho esto otro hubiera sido diferente. Montones de palabras que nos separan de los otros. Elegimos a la soledad, aunque estemos rodeados de otros. Nos quedamos en nuestro desierto en el medio del vallle.

Cuando vemos un equipo de fútbol jugando tibiamente, solemos decir: “les falta espíritu grupal”, “no tienen mística”, “es un equipo sin alma”. El capitán de Estudiantes de La Plata, Sebastián Verón, declaró: “a la mística no se la compra”. Es tal cual, aflora o no. Es un componente del SER, de la identidad.

Los otros días mi amigo y maestro José Echaniz, me decía “Qué gran diferencia hay en las acciones cuando están cargadas de espíritu, todo es más simple”.

Para vivir esto necesitamos entregarnos a los otros. Esta entrega no es el resultado de pensar: “voy a entregarme”, sino el resultado de captar lo que nos pasa (qué sentimos) cuando llega el momento de la entrega. El espíritu se expresa a través del cuerpo, no de la mente. Luego, desde esa sensación podemos tratar de entender lo que nos sucede a nosotros.

En mi primera presentación (1982) de negocios ante los directivos norteamericanos de la División Latinoamericana de una empresa multinacional uno de los asistentes me hizo un comentario sobre el índice de inflación anual de Bolivia que yo estaba presentando. Sentí que me decía “sos un tonto, eso está mal, no servís para este trabajo”. Las piernas se me aflojaron, me desconcentré, el corazón galopaba y como si fuera poco comencé a tartamudear en inglés (cosa que nunca más me sucedió). Me faltó espíritu de aventura para poder salir airoso de la situación.

Me contaba una supervisora de un organismo público que cada mañana al entrar a su oficina sentía la hostilidad de sus compañeros. Los veía vagos, chismosos, poco comprometidos y una larga lista de adjetivos negativos que ella aborrecía en “su ser humano ideal”. Un día se dio cuenta de que sus compañeros eran sus espejos. A partir de allí cambió su relación con sus compañeros. Nada ha cambiado, sólo yo he cambiado, por lo tanto, todo ha cambiado, dice un viejo proverbio hindú.

Todos nosotros hemos sentido momentos de plenitud. Esos momentos en los que tenemos ganas de gritar “¡qué lindo es estar vivo!”. Son momentos de felicidad desbordante, nos sentimos plenos. Son momentos en los que nuestro espíritu ha tomado las riendas de nuestras acciones.

Según Miguel Ruiz en su libro Los cuatro acuerdos, los toltecas (Siglo XIII) sostenían que el hombre logra un estado de felicidad y armonía consigo mismo y, en consecuencia, con los demás, cuando cumple con cuatro acuerdos: 1- Ser impecable con la palabra, 2- No tomar nada como personal, 3- No hacer suposiciones y 4- Hacer lo máximo posible.

Puede resultar muy productivo que cada uno de nosotros revisemos cómo andamos con estos acuerdos. Sería un buen arranque de una nueva manera de encarar nuestra vida personal y grupal (trabajo, familia, amigos, asociaciones). Incluso, puede ser bueno usarlos en la próxima reunión de trabajo y reflexionar un rato sobre ellos.

Después de todo, no hay nada más rico que compartir un puchero con lo que cada uno va aportando a la olla.

Autor: Oscar O. Conti. Director de Oscar O. Conti & Asociados, Consultoría y Capacitación Organizacional. http://www.ooconti.com.ar.

Foto: antiguan_life.

Otros Posts Emprendedores





Aquí puede dejar su comentario